Un psicólogo cree que el acusado del crimen de Guaza sufrió un proceso delirante

Santa Cruz de Tenerife, 13 may (EFE).

– El psicólogo que analizó como perito al acusado de acabar con la vida de una vecina suya en el barrio de Guaza en Arona en enero de 2022, considera que existen “muchos indicios” de que el autor confeso del crimen “sufrió un proceso delirante” y que podía ser un peligro para sí mismo y para los demás.

El profesional llegó a esta conclusión en la tercera jornada del juicio con jurado que se celebra en la Audiencia Provincial tinerfeño entre otros extremos, por creer significativa la marca de una quemadura con forma de cruz y unos cuernos en el pecho que se hizo él mismo “porque estoy podrido”, dijo.

No ve extraño que este tipo de pacientes se niegue a recibir tratamiento y que los síntomas hubiesen pasado desapercibidos para la guardia civil en el momento de la detención.

El psiquiatra que lo trató en prisión confirmó su diagnóstico de que sufría una esquizofrenia con psicosis, dijo que entonces ya tomaba medicación para evitar brotes psicóticos, se mostraba suspicaz, desconfiado, hasta el punto de creer que había micrófonos en la sala, paranoico y respondía con preguntas.

No descarta que el origen de esta dolencia fuera el consumo de drogas y en concreto al preguntarle sobre los efectos del MDMA que aseguró haber ingerido en una ocasión, el facultativo dijo que se trataba de “una bomba” que puede causar este tipo de brotes psicóticos.

Los médicos forenses contaron una veintena de heridas hechas con un destornillador con forma de estrella y justificaron la ausencia de sangre porque la hemorragia había sido interior dado que la piel actuó como un tapón.

La mayoría de las puñaladas eran superficiales y otras alcanzaban hasta diez centímetros, que eran las que se localizaron en los pulmones y fueron las mortales, mientras que el resto se repartían por la cabeza, pecho y brazos.

Los agentes que participaron en el caso desde un principio consideraron que la explicación ofrecida por el padre y el hijo sobre lo ocurrido resultó “muy coherente” y de hecho se tomó como base para la investigación.

En concreto,los familiares indicaron que vigilaban al joven constantemente por miedo a que volviera a hacerse daño a él o a los demás y habían escondido todos los objetos peligrosos, menos un destornillador que le facilitaron el día anterior para que arreglara un coche de juguete.

Aquella noche del 4 de enero el acusado escapó por una ventana caminando por el tejado, aunque su hermano pudo escucharlo por lo que avisó al padre y pudieron observarlo entrando en la casa de la vecina en la que se produjo el crimen pocos minutos después.

Algunos de los agentes que lo entrevistaron admitieron que su estado no era el de una persona normal, actuaba como si no hubiese pasado nada, admitió el asesinato y lo justificó porque se lo había ordenado su cabeza.

Poco después del crimen al preguntarle su padre qué había hecho, dijo “lo que tenía que hacer” y ante la policía se escudó en que tenía migrañas y hablaba de forma “muy escueta” por lo que no lo vieron “totalmente centrado en el tiempo y en el espacio, su comportamiento no era del todo normal”.

En los alrededores de la casa se encontró una bolsa con un camión de juguete, dos bloques de cemento, una papelina con yeso y unos huevos y al preguntarle de qué se trataba dijo: “cada uno que saque la conclusión que quiera”.

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