Alberto ValdésLa Laguna (Tenerife), 22 oct (EFE).
– Amanece un día caluroso en La Laguna, el canónigo de la Catedral y el regidor conversan acerca de un nuevo negocio para la isla que sustituya al decadente monocultivo de la vid: la cochinilla, para abastecer de tinte a la incipiente industria textil inglesa, una idea que provoca el recelo de los campesinos, quienes comienzan a boicotear las parcelas que experimentan con ella.
La solución a este conflicto llegaría de la manera más impensable, cuando las anómalas altas temperaturas de aquel mes de noviembre de 1826 acabaron por convertirse en el mayor desastre natural registrado en Tenerife, el temporal de San Florencio, que dejó una honda cicatriz en su población y en el territorio, que verá en la destrucción de los cultivos la oportunidad perfecta para implementar el nuevo negocio.
Una historia que ahora cobra vida gracias a la compañía teatral Burka Teatro, junto con el historiador y divulgador Néstor Verona, quienes durante esta semana han desarrollado rutas teatralizadas por las calles del casco histórico de la ciudad para acercar a la población un evento que este año conmemora su 200 aniversario.
San Florencio arribó a las islas en medio de un convulso momento social acuciado por la decaída de las exportaciones del vino, principal motor económico de su capital, Tenerife, donde descargó con fuerza y provocó la muerte de 253 personas, la destrucción de más de 600 viviendas y de las zonas de cultivo hasta dejarlas prácticamente inutilizables.
El duro golpe provocado por la tormenta no solo fue físico, sino también espiritual, pues la caída de grandes masas de agua por los barrancos desembocó en la destrucción de la iglesia donde era custodiada la talla de la Virgen de Candelaria, patrona de Canarias, que “igual que el mar la trajo, el mar se la llevó”.
Y es que según cuenta la leyenda, la imagen de la virgen se apareció a dos guanches en una playa de Tenerife años antes de la llegada de los conquistadores castellanos portando la cruz y la espada, una premonición de los cambios que llegaban a una tierra aislada que ahora se convertía en un punto clave en el tráfico de América hacia Europa y que comenzó a explotar diferentes monocultivos para abastecer la economía local.
El temor a las plagasEl primero de ellos fue la caña de azúcar, luego el vino y a principios del siglo XIX la cochinilla, un negocio que levantaba dudas y miedo entre los trabajadores del campo por extraerse de una plaga que afecta a las tuneras y que temían que podía extenderse hacia otros cultivos.
Un momento histórico determinante, que comienza en la obra con una conversación entre el canónigo de la Catedral de La Laguna, José Quintero Estévez, principal impulsor de su implementación en la isla, y el regidor de La Laguna, José María de Valdivia, en el patio del monasterio de San Juan Bautista, un antiguo convento de clausura, donde ambos debaten acerca de las posibilidades de futuro que ofrece el insecto parasitario Dactylopius Coccus, recientemente traído desde México.
A ellos se suman otros personajes como Dolores de Betancourt, una de las mujeres precursoras de la ciencia en Canarias y que investigó el uso de los tintes en la seda para mejorar la industria, así como el naturalista francés Sabin Berthelot, director del jardín botánico de Puerto de la Cruz, o una campesina que busca el indulto para su marido, acusado de atacar una de las plantaciones de cochinilla.
“Hubo revueltas, algunos cosecheros se opusieron a su implantación, pero finalmente, con apoyo institucional y viendo su éxito, todos fueron aceptando el cultivo de la cochinilla, que pronto adquirió una importancia increíble en Canarias, generando nuevas oportunidades, la transformación del paisaje agrario, de los sistemas de trabajo y de las relaciones económicas”, indicó Verona.
De la tragedia a la bonanza económicaUn proceso de adaptación que el público asistente vive de primera mano junto a los personajes, quienes pasan por momentos de tragedia con la llegada de los terribles efectos que el temporal causó en la isla, pero también de alegría con el éxito de la implantación del nuevo cultivo años después, que supuso una gran bonanza económica.
Un momento de euforia que encuentra su escenario final en el Santuario del Santísimo Cristo de La Laguna, donde los personajes celebran y se despiden del público sin saber que el idilio estaba a punto de acabarse, pues si bien en 1869 el negocio llegaría su punto álgido concentrando la mayor parte de las exportaciones de Canarias, a finales de siglo colapsaría con la llegada de los tintes sintéticos al mercado.
Un desenlace que no es nuevo para el pueblo canario y que se plantea a los presentes con el recuerdo de lo vivido en la islas a lo largo de su historia, con el auge y la caída de diferentes ciclos económicos basados en el monocultivo, una realidad que llega hasta nuestros días con el modelo turístico y sobre el que se plantea la misma duda: ¿hasta cuando durará este idilio?.
EFEAvg/spf(foto)(video)1012111
