Ana SantanaSanta Cruz De Tenerife, 12 oct (EFE).
– A comienzos del siglo XX, la desnutrición y la pobreza provocaban que los menores de las clases trabajadoras y jornaleras no asistiesen con regularidad a las aulas.
Un grupo de maestras en La Laguna fundó entonces un proyecto pionero en Canarias: proporcionar comida caliente y ropa como reclamo para acudir a la escuela.
La historia de la cantina escolar y el ropero infantil ha sido estudiada por la catedrática de Historia de la Educación de la Universidad de La Laguna Teresa González, quien explica en una entrevista a EFE que el proyecto se extendió desde 1915 hasta el estallido de la Guerra Civil, en 1936, y fue una de las instituciones benéfico-educativas más emblemáticas de Tenerife.
Fue una época en la que el hambre convivía con altas tasas de absentismo escolar e infancia desvalida y este movimiento alimenticio y educativo combinado surgió a finales del siglo XVIII en Europa pero no llegó a España hasta 1901, cuando se inauguró la primera cantina en Madrid.
A principios del siglo pasado el archipiélago canario vivía un momento de severa vulnerabilidad socioeconómica inducida por el estallido de la Primera Guerra Mundial pues, aunque España se mantuvo neutral, Canarias sufrió intensamente el desabastecimiento, la paralización del tráfico marítimo de mercancías, el encarecimiento de los productos básicos y el desplome de sus producciones exportadoras agrícolas, detalla la investigadora.
Compromiso femeninoAsí, la miseria y el abandono de los menores desbordaron las capacidades de los organismos asistenciales previos, como la Junta Provincial de Protección a la Infancia y Represión de la Mendicidad y en este entorno crítico, el proyecto de la Cantina Escolar de La Laguna nació directamente ligado al magisterio y al compromiso social femenino.
La impulsora primordial fue la directora de la Escuela Normal de Maestras de Canarias, Elpidia Rodríguez, quien tras pronunciar una conferencia titulada «Instrucción y Caridad» en el Ateneo de La Laguna en febrero de 1915, despertó la sensibilidad y el respaldo de la opinión pública, las autoridades civiles y eclesiásticas.
El 28 de febrero de ese año se fundó oficialmente la asociación y se inauguró el servicio de comedor el 3 de mayo con una función benéfica en el Teatro Leal.
El objetivo fundacional combinaba dos dimensiones esenciales: la social, orientada a mejorar la salud física de los escolares mediante menús nutritivos y asegurar la escolaridad obligatoria; y la moral, enfocada en erradicar la mendicidad callejera, fomentar el buen ejemplo y estrechar los vínculos de caridad entre los niños ricos y pobres de la localidad.
A diferencia de otras regiones del territorio peninsular, la institución lagunera integró desde su origen un organismo anejo indisoluble: el «Ropero Infantil», señala González, quien ha publicado su investigación en la revista «Cliocanarias».
Alimento y decoroEl ropero asumía la tarea de confeccionar, acopiar y facilitar vestuario y calzado digno a los menores beneficiarios de la cantina, bajo la premisa de que no se podía separar el derecho al alimento del derecho al decoro en la vestimenta escolar.
Para su sostenimiento diario, la cantina dependía de una compleja red de financiación altruista ante la escasez o intermitencia de los fondos públicos y los ingresos provenían de suscripciones populares, rifas, donaciones particulares y aportaciones institucionales fijas.
Entre los subsidios más reseñables se encontraban la subvención anual de 1.
000 pesetas del Ayuntamiento de La Laguna, los fondos remitidos por la Dirección General de Primera Enseñanza, las asignaciones mensuales de la Junta de Protección a la Infancia y aportaciones singulares como las 1.
000 pesetas donadas por el general Primo de Rivera durante su visita a la ciudad en 1928.
Los recursos recaudados se depositaban de forma transparente en la Banca Pozuelo y servían para costear los gastos fijos: los sueldos de la cocinera y la cobradora-criada, el combustible (carbón y tea) y los productos de la cesta básica (leche, pan, azúcar, gofio, café, sal y jabón).
La selección de los alumnos admitidos en la cantina recaía directamente en el criterio de los maestros y maestras de las escuelas nacionales, quienes por su trato cotidiano evaluaban con mayor precisión la vulnerabilidad socioeconómica y la desnutrición de los menores.
Control de asistenciaLa institución utilizó la alimentación como un riguroso mecanismo de control de la asistencia escolar y para ello los maestros sellaban diariamente unos «bonos de comedor» que certificaban la puntualidad y la asistencia regular de cada niño a las clases.
Aquellos escolares que no acudían a la escuela perdían automáticamente el derecho al almuerzo del mediodía.
Asimismo, el volumen de bonos acumulados otorgaba el derecho preferencial a recibir un traje nuevo confeccionado por El Ropero Infantil durante las festividades de Navidad o Reyes.
Para contrarrestar la picaresca de ciertas familias que matriculaban a los niños únicamente en las fechas próximas al reparto de regalos para luego retirarlos, la junta impuso en 1927 plazos estrictos de admisión limitados exclusivamente a los meses de septiembre y enero.
El cupo de niños atendidos evolucionó en consonancia con los fondos económicos disponibles: comenzó con 55 escolares en 1915 y nueve años después, llegó a los 120 alumnos tutelados.
Pero la trayectoria de la institución experimentó un cambio drástico a partir del advenimiento de la Segunda República en 1931, ya que la implantación por ley del carácter laico de la educación pública colisionó frontalmente con el arraigo confesional y católico que definía los estatutos y las prácticas caritativas de la cantina escolar.
Ante el decreto gubernamental, los ingresos por donativos privados y suscripciones de sectores católicos mermaron severamente y la histórica impulsora Elpidia Rodríguez fue trasladada a Zaragoza, siendo relevada por Carmen Galdós en la dirección de la Normal y la presidencia de la cantina.
Entonces el claustro y el alumnado normalista se apresuraron a asumir la gestión interna de la obra social para evitar su total desaparición y el servicio continuó operando de forma más modesta, alimentando y vistiendo a un contingente reducido de unos 60 a 70 niños.
El último asiento registrado en el libro de caja data del 14 de mayo de 1936, reflejando una inyección de 1.
817 pesetas obtenidas en un festival benéfico durante las fiestas de la República.
No obstante, la quiebra del orden constitucional provocada por el golpe de Estado de julio de 1936 y el estallido de la Guerra Civil supusieron el fin definitivo de esta experiencia asistencial y pedagógica.
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